La acumulación de lodos e incrustaciones en el fondo de las calderas es uno de los problemas más habituales en las instalaciones de vapor. Aunque inicialmente sus efectos pueden pasar desapercibidos, una gestión inadecuada de la calidad del agua puede derivar primero en pérdidas de rendimiento, pero a la larga incluso en situaciones de riesgo para la integridad de la caldera.
La principal causa de este fenómeno es la presencia de sales de calcio y magnesio en el agua de alimentación, conocidas como dureza. Cuando el agua se somete a altas temperaturas, estas sales precipitan y forman depósitos sólidos que se acumulan sobre las superficies de intercambio térmico y en el fondo de la caldera. Por ello, uno de los parámetros fundamentales a controlar es la dureza residual del agua de alimentación. La norma UNE-EN 12953-10 establece una dureza total máxima de 0,01 mmol/L (≈ 0,1 °fH), es decir prácticamente nula (a pesar de que en algunos controles operativos se considera aceptable una dureza inferior a 1 °fH).
La presencia de dureza provoca la formación de incrustaciones de cal y lodos. Estos depósitos actúan como un aislante térmico, dificultando la transmisión de calor (a través del acero) desde los gases de combustión (lado humos) al agua. La primera consecuencia es económica, disminuyendo el rendimiento energético y aumentando el consumo de combustible.
Sin embargo, el problema verdaderamente crítico es el daño sobre el acero.
En el hogar, la chapa está expuesta directamente a la radiación de la llama. Si hay muchos depósitos de cal en el fondo de la caldera, el agua no refrigera la chapa, alcanzándose temperaturas de 500-600 °C. A partir de ahí se produce fluencia (deformación lenta por temperatura), pérdida de resistencia, abombamientos permanentes y grietas. Un proceso que puede desembocar en el colapso de la caldera.
El efecto de las incrustaciones en los tubos de paso de humos es el mismo y la consecuencia final son las grietas y por tanto dejarlos fuera de servicio (taponamiento) y la consecuente pérdida de rendimiento.
Para evitar estas situaciones es fundamental aplicar medidas preventivas. Primero disponer de un descalcificador, que elimina la dureza del agua de alimentación. La segunda es realizar purgas de fondo periódicas, evacuando los lodos y sólidos acumulados ya que la producción de vapor evapora agua prácticamente pura, lo demás se queda en la caldera.
Cuando la acumulación de depósitos ya es significativa, se realiza una limpieza del fondo y de las superficies internas de la caldera. Pueden emplearse limpiezas mecánicas o equipos de agua a alta presión, complementados, con tratamientos químicos específicos.
En definitiva, el control de la calidad del agua y una adecuada gestión de las purgas constituyen las mejores herramientas para preservar la eficiencia, prolongar la vida útil de la caldera y garantizar un funcionamiento seguro de la instalación.

